El estreno de F for Fake (1973), de Orson Welles, puso nerviosos a los amantes del documental, quienes, siempre atentos a la salvaguarda del género -cuyas diferencias con la ficción pocos osaban discutir-, sucumbieron, de súbito, al engaño del dogma aparentemente inexpugnable, del que ya fueran víctimas propiciatorias los primeros testigos del nacimiento del cine de no-ficción. Prueba de ello es que en su obra bautismal, Nanook of the North (1922), de Robert Flaherty, ya subyacía el inevitable artificio sobre el que cimentar una narración sin solución de continuidad. Con todo, aún hoy hay quienes se dejan seducir por la aparente veracidad del documental, cualidad ésta de la que también puede presumir, sin ningún género de dudas, el cine de ficción. Presos, pues, del delirio inherente a quien cree ciegamente en el dogma, esta suerte de espectadores en estado de letargo son pasto fácil de la manipulación, que se nutre, como siempre, de la falta de discernimiento entre realidad y fantasía, o de la impenitente adhesión, en algunos casos, a teorías conspirativas de toda naturaleza. De hecho, La fe inquebrantable en principios susceptibles de cambiar al amparo de nuevas revelaciones puede, fácilmente, socavar el ánimo de aquel a quien una autoridad en la materia le confiesa que ha sido víctima de un fraude. Y esto último sucede cuando el autor del mismo somete su obra a juicio. Tal fenómeno se dio con el estreno de “Operación Palace“, con motivo del programa Salvados, presentado por Jordi Évole en el canal español de televisión laSexta. Todo un “fake” que puso en alerta a cuantos televidentes hubieron de convencerse, a golpe de fabulaciones, de que la no-ficción es tan auténtica o espuria como la ficción, y de que, por lo tanto, es el receptor el último depositario de la verdad.

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