Historia del Cine

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Corría el año cuando dos hermanos, Auguste y Louis Lumière exhibían en la primera proyección cinematográfica multitudinaria. Aquella tarde de diciembre, la expectación era máxima. La razón era evidente: los hermanos Lumière eran deudores de Thomas A. Edison (Estados Unidos) o Max Skladanowky (Alemania), entre muchos otros. A partir de esa fecha, el Cine pasaba a convertirse en un arte, y, a su vez, en un medio de comunicación de masas. A ellos se les atribuye la invención del Cine de no-ficción, mientras que a , el Cine de ficción, aunque hay que decir que los hermanos Lumière no sólo se habían adelantado con películas de género documental que, a pesar de ser muy rudimentarias, constituían un testimonio social de primer orden; sino que también habían cultivado el género que se atribuye -a veces, más de lo debido- a . El ingenio ya había sido inventado, ahora sólo faltaba elevarlo a la categoría de industria. Los encargados de hacerlo serían: Charles Pathé y Léon Gaumont.

Pronto, el Cine adquirió entidad como "teatro filmado", en lo que se ha dado en llamar . El tenía como objetivo atraer la atención del público burgués y aristocrático, por lo que las salas de exhibición volvían a ser presa de la Literatura y la Historia. En este sentido, no es extraño que Hollywood pronto se convirtiera en una fábrica de gestas de marcado carácter hedonista. De hecho, exalta la conquista del Oeste en un alarde de glorificación histórica de un pasado reciente pero, no por ello, exento de la mitología propia de las naciones emergentes, que tiñe de hazañas su verdadera Historia. David Wark Griffith es uno de los máximos exponentes del temprano historicismo al servicio de un sesgado ideal. El "" (1915) es, probablemente, una apología del Ku-Klux-Klan, por mucho que con "Intolerancia" (1916), Griffith quisiera desmentirlo. A la cabeza del cine ruso, se hallaba Serguéi Eisenstein, autor y director de obras maestras como "La Huelga" (1924) o "El acorazado Potemkin" (1925). Famosa es su escalera de , que, de hecho, nunca ha existido, pero exhibe el carácter represivo de la Rusia zarista anterior a la Revolución bolchevique del año . En lo sucesivo, Eisenstein sería el dirigente de la propaganda de guerra soviética que, bajo la égida de Stalin, describiría el carácter expansionista del comunismo soviético. No es descabellado reconocer que Eisenstein pudo inspirar a Goebbels, el jefe de la propaganda nazi, cuyo principal discípulo cinematográfico sería , autora de "El triunfo de la voluntad" (1934) u "Olympia" (1938). Con una perfección técnica sin precedentes, Riefenstahl hacía gala de una exaltación mesiánica del Führer, es decir, de . También ella, como en su momento pretendiera Griffith, quiso expiar sus culpas, pero hubo de transigir con el escepticismo popular.

Tras la I Guerra Mundial, la "Meca del Cine" reemplazó a Europa, aunque ésta siguiera siendo la cuna de nuevas corrientes cinematográficas como el expresionismo alemán o el surrealismo francés, entre cuyas filas no faltaron Salvador Dalí o Luis Buñuel, dos españoles cuya proyección internacional está fuera de toda duda. "" (Dalí y Buñuel, 1929) es el manifiesto fundacional del surrealismo, no sólo cinematográfico sino literario.

Aunque el sonoro nace con "" (Alan Crosland, 1927), lo cierto es que Charles Chaplin viene a simbolizar la ruptura con el cine "silente", porque él fue, durante mucho tiempo, su máximo defensor. Es con "El gran dictador" (1940) la obra con la que inaugura el sonido -aunque, en "Tiempos modernos" (1936), ya se le empezaba a oír. En España, estallaba la Guerra Civil, que, para muchos, sería la antesala de la II Guerra Mundial. Se vivían momentos difíciles, a los que Chaplin no era inmune. En Estados Unidos, la Gran Depresión, derivada del "crash" bursátil de Wall Street, inspiró obras cinematográficas como "La diligencia" (1939) o, mejor aún, "Las uvas de la ira" (1940), ambas de John Ford. Economía y sociedad se daban la mano en la gran pantalla.

La posguerra sirvió de escenario a una nueva corriente cinematográfica, cuyos dos principios fundamentales son un bajo presupuesto y un reparto de actores noveles: el italiano. Sus dos principales adalides serían Roberto Rosselini o Vittorio de Sica. "Roma, ciudad abierta" (Roberto Rosselini, 1945) es un crudo retrato de la realidad social de la Italia posterior a Mussolini.

La "" promovida por McArthy, dio lugar a la persecución del cine. El célebre proceso judicial contra los mal llamados "diez de Hollywood" sentó las bases de la injerencia política en el mundo del arte y la cultura. Todo aquél que fuera sospechoso de haber militado en el partido comunista, era incluido en una lista negra. Las frecuentes delaciones que a partir de entonces se declararon mutuamente cineastas y actores, hacían pensar que Estados Unidos estaba en estado de guerra. No en vano, el mundo estaba dividido en dos grandes bloques: Estados Unidos y la Unión Soviética o, lo que es lo mismo, capitalismo frente a comunismo.

La Televisión fue un duro revés contra el Cine. Sin embargo, las nuevas generaciones de cineastas salvaron al séptimo arte de la quema. Las "nuevas olas" de los sesenta adoptaron diferentes denominaciones según el país que las veía nacer: , en Francia; , en Gran Bretaña; , en Italia; , en España; , en Brasil; así como otras cinematografías latinoamericanas - (que recibió el influjo de Buñuel) o Argentina-, asiáticas y oceánicas. Mientras en Estados Unidos se imponía el New American Cinema (Robert Alman o Arthur Penn), en Europa, lo hacía el género político (Costa-Gavras, Rosi o Gillo Pontecorvo). En los ochenta y noventa, después de indigestas firmas "catastrofistas", George Lucas, Steven Spielberg y Francis Ford Coppola rescataron del olvido el cine-espectáculo. Las salas volvían a llenarse. Sagas como la de "" (George Lucas, 1977) -una alegoría de la guerra por la conquista espacial que se declararon Estados Unidos y la Unión Soviética- o las sucesivas entregas de Indiana Jones (Steven Spielberg, 1981) -una cruzada entre capitalismo y comunismo-, denotaban la buena salud del Cine. No sólo eso, Bollywood, el cine chino post-Mao o la última ola del cine japonés son el síntoma de la paulatina pérdida del monopolio cinematográfico ejercido por Hollywood. Hoy por hoy, el Cine ha dejado de habitar exclusivamente la sala de exhibición. Se difunde en otros soportes, tanto físicos como virtuales y, aunque parece que corre peligro, sigue sobreviviendo a otras formas de expresión artístico-culturales.